
Si iniciase este texto como pensaba hacerlo, tal vez estaría aquí ajustando, midiendo y borrando frases durante toda la madrugada, así que será mejor empezar como quien no quiere, igual que el diecinueve de noviembre, e ir hilvanando las ideas a quemarropa, que es la única forma de escribir y de follar. "Nunca
he sabido diferenciar entre amor y amistad", o quizá no he errado el tiro y, a vuestro pesar, zorras, son dos conceptos indivisibles que trascienden el sexo y la genitalidad, que van más allá de algoritmos y conven- ciones sociales y que permiten compartir historias, quereres, efluvios, sin pronombres posesivos y las manos en los huevos. Por ello, porque casi nadie lo entiende ni lo intenta, sufro ante la idea de que Aquella que no Fue, Esa que sí Es y Esta que Será se conozcan y me dejen con lo puesto en el aeropuerto del que habla
Lucía, cada vez más melancólica, al otro lado de todo. El Norte no está hecho para mí, lo veo bien claro, y a medida que pasan las horas y me afano en retener los segundos y jugar al cascajo con su esencia, y regalarle margaritas frescas a
mi hembra, y contar los pliegues y repliegues de su coño, cada día, como poco, estoy más confuso y desesperado y sé más y a la vez sé menos, porque lo que abarco ya es de por sí enorme pero lo que ignoro no lo sabría en cien vidas, como poco, como poco. Quisiera terminar, un tanto a ciegas, hablando de
la última de Allen y de cómo se diluye a partir de un comienzo brutal entre relaciones de azúcar y un colofón, qué colofón, tan bobo como los cretinos y gusanos que abundan a lo largo del metraje. Si fuese el autor, viajaría al pasado y filmaría el desenlace con mujeres mutantes de planetas azules capaces de acabar con nosotros en una orgiástica y brillante traca final; y que tuviesen tres tetas, las mujeres mutantes; que hubiese calidad y abundancia, no sé si belleza.